Fertilidad y deporte: el debate que también interpela al fútbol sala femenino.
El debate abierto por la iniciativa de la RFEF sobre la preservación de la fertilidad interpela también al fútbol sala femenino, donde la maternidad se cruza con una realidad laboral todavía más compleja.
La decisión de la Real Federación Española de Fútbol (RFEF) de facilitar a sus internacionales la congelación de óvulos ha abierto un debate que va mucho más allá del fútbol once. La pregunta afecta también al fútbol sala femenino: ¿preservar la fertilidad es una herramienta de libertad para las deportistas o una forma de pedirles que adapten su maternidad a las exigencias de su profesión?.
La respuesta no es sencilla. Y trasladada al fútbol sala, la cuestión adquiere incluso mayor complejidad.
La iniciativa de la RFEF parte de una premisa comprensible: la carrera de una deportista de élite es corta y los años de máxima exigencia competitiva pueden coincidir con una etapa decisiva desde el punto de vista reproductivo. La congelación de óvulos puede ofrecer a una jugadora una posibilidad adicional para preservar su fertilidad y decidir más adelante cuándo quiere ser madre. La medida ha sido valorada positivamente por representantes de las futbolistas, como FUTPRO, que consideran importante que las deportistas tengan acceso a herramientas relacionadas con su salud reproductiva.
Pero trasladar esa misma solución al fútbol sala obliga a hacerse otra pregunta: ¿qué problema estamos intentando solucionar?.
Cuando el problema no es solamente biológico.
En el fútbol sala femenino español, la maternidad no puede analizarse únicamente desde el punto de vista de la fertilidad. El problema es también económico, contractual y profesional.
El fútbol sala femenino lleva años avanzando hacia una mayor profesionalización, pero lo hace desde una realidad muy diferente a la de las grandes estrellas del fútbol. El precedente del Pescados Rubén Burela resulta significativo: el club gallego impulsó en 2018 un convenio colectivo que buscaba mejorar las condiciones laborales de sus jugadoras y contemplaba, entre otras cuestiones, la protección frente a situaciones relacionadas con el embarazo. En aquel momento, muchas deportistas todavía tenían que compaginar el fútbol sala con otros trabajos.
Esa diferencia resulta fundamental.
Para una jugadora que dispone de un contrato profesional estable, recursos económicos y garantías de reincorporación, congelar sus óvulos puede constituir una opción más dentro de su planificación vital.
Para una deportista cuyo salario depende de un contrato de corta duración, que puede cambiar de club cada temporada o que necesita compatibilizar el deporte con otro empleo, el debate es diferente.
En esos casos, quizá la primera pregunta no sea si puede congelar sus óvulos. Quizá sea si puede permitirse ser madre sin perder su puesto de trabajo.
La advertencia de Ana Peleteiro.
Las palabras de Ana Peleteiro permiten introducir precisamente esa perspectiva. La atleta ha cuestionado que la iniciativa de la RFEF sea presentada como un avance feminista y sostiene que el foco debería situarse en conseguir que la maternidad no perjudique la carrera deportiva de las mujeres. Entre sus argumentos aparecen cuestiones como la protección contractual durante el embarazo, la recuperación postparto, la reincorporación a la competición y la posibilidad de compatibilizar la carrera con el cuidado de los hijos.
Su planteamiento merece ser escuchado también desde el fútbol sala. Porque existe una diferencia sustancial entre facilitar que una mujer pueda retrasar la maternidad y garantizar que no tenga que retrasarla para conservar su profesión.
Son dos formas distintas de entender la igualdad.
La primera intenta reducir las consecuencias que la biología puede tener sobre la carrera deportiva.
La segunda pretende modificar las condiciones de la carrera deportiva para que la biología no se convierta en una desventaja profesional.
La crítica de CCOO: el problema es laboral.
Comisiones Obreras ha llevado el argumento un paso más allá al considerar que la propuesta de la RFEF es fundamentalmente una medida empresarial y no una política feminista. Desde su perspectiva, facilitar la congelación de óvulos puede beneficiar a las deportistas, pero no resuelve la raíz de la desigualdad: las condiciones laborales que dificultan la maternidad.
Aplicado al fútbol sala femenino, este argumento cobra especial relevancia.
Si una jugadora teme que quedarse embarazada pueda perjudicar su renovación, su protagonismo deportivo o su relación con el club, la congelación de óvulos puede terminar funcionando como una solución individual a un problema colectivo. Es decir: en lugar de cambiar el entorno profesional, se pide a la deportista que adapte su cuerpo a ese entorno.
Ahí reside una de las grandes contradicciones del debate.
Pero tampoco hay que demonizar una opción médica.
Sería igualmente injusto convertir la congelación de óvulos en una práctica necesariamente machista.
Una deportista puede querer preservar sus óvulos porque desea tener hijos en el futuro y considera que esa posibilidad le proporciona tranquilidad. También puede hacerlo por decisión exclusivamente personal, sin que exista ninguna presión externa. La preservación de la fertilidad puede ser, por tanto, una herramienta de autonomía.
El problema aparece cuando deja de ser una opción para convertirse en la solución que el sistema espera de las mujeres.
Además, la congelación de óvulos no garantiza un embarazo futuro. Especialistas en reproducción asistida han advertido precisamente contra la falsa sensación de seguridad que puede generar esta técnica. La decisión requiere información médica individualizada y conocimiento de sus posibilidades y limitaciones.
Por ello, el fútbol sala femenino no debería caer en el error de presentar esta alternativa como un seguro contra el reloj biológico.
El fútbol sala tiene otra lección que ofrecer.
El fútbol sala femenino español cuenta con una experiencia que debería formar parte de esta conversación: la defensa de mejores condiciones laborales.
El precedente de Burela demostró que la maternidad podía abordarse desde la negociación laboral y no únicamente desde la medicina. Aquella experiencia situó sobre la mesa cuestiones como la estabilidad profesional y la protección de las jugadoras ante el embarazo. Esa perspectiva continúa siendo esencial.
Las instituciones deportivas deberían preguntarse qué ocurre con una jugadora cuando comunica que está embarazada. ¿Mantiene su contrato?. ¿Tiene garantías de reincorporación?. ¿Puede recuperarse adecuadamente después del parto?.¿Cuenta con apoyo para los desplazamientos?. ¿Puede entrenar de forma adaptada durante el embarazo?. ¿Dispone de facilidades para cuidar de su hijo?. ¿Puede seguir desarrollando su carrera deportiva?.
Estas preguntas afectan mucho más directamente a la igualdad que el número de jugadoras que deciden congelar sus óvulos.
La experiencia del fútbol debería servir de referencia.
En los últimos años, el fútbol internacional ha ido desarrollando mecanismos específicos de protección de la maternidad. FIFA y FIFPRO han establecido estándares mínimos relacionados con embarazo, postparto y lactancia, con el objetivo de que el embarazo no suponga el final de la carrera de una futbolista.
El fútbol sala femenino debería avanzar en la misma dirección. Y no solo porque las jugadoras tengan derecho a ser madres. También porque una competición que protege a sus deportistas durante la maternidad es una competición que retiene talento.
Una jugadora no debería verse obligada a elegir entre desarrollar todo su potencial deportivo y construir una familia.
¿Y qué papel debería tener la Federación?.
La RFEF puede y debe tener un papel importante, pero no necesariamente el mismo que desempeña en el fútbol once.
En el fútbol sala, una política verdaderamente ambiciosa debería contemplar varias capas.
La primera sería garantizar información y acceso a servicios de salud reproductiva. Si una jugadora quiere conocer sus opciones de preservación de la fertilidad, debería poder hacerlo con asesoramiento médico adecuado.
La segunda debería ser laboral: garantizar que un embarazo no se convierta en una causa encubierta de pérdida de empleo o de oportunidades deportivas.
La tercera tendría que ser deportiva: establecer protocolos de entrenamiento durante el embarazo y de reincorporación después del parto.
Y la cuarta, quizá la más olvidada, debería ser económica: ayudar a que la maternidad no recaiga exclusivamente sobre la capacidad financiera de la jugadora.
Porque no es lo mismo financiar una intervención médica que financiar una estructura de conciliación.
El verdadero indicador de igualdad.
El debate sobre la congelación de óvulos ha servido para colocar la fertilidad femenina en el centro de la conversación deportiva. Eso ya es positivo.
Pero el fútbol sala femenino puede plantear una cuestión todavía más ambiciosa: ¿Por qué una jugadora debería tener que elegir entre ser madre y seguir jugando?
La respuesta no puede consistir únicamente en decirle que puede congelar sus óvulos. Debe consistir en garantizarle que, si decide ser madre a los 25, a los 30 o a los 35 años, su carrera no se acaba por ello.
La congelación de óvulos puede ser una herramienta útil. Puede ampliar las posibilidades de elección de una deportista y, si se ofrece de manera voluntaria y con información médica suficiente, no tiene por qué ser incompatible con una política de igualdad. Pero no debería confundirse con una política de maternidad. Porque preservar la fertilidad no es lo mismo que proteger a una madre.
Y esa diferencia resulta especialmente importante en el fútbol sala femenino, donde todavía queda camino por recorrer para que todas las jugadoras puedan considerar su carrera deportiva como una profesión compatible con un proyecto de vida.
La verdadera revolución no será que las jugadoras puedan congelar sus óvulos. Será que ninguna tenga que hacerlo porque crea que, de lo contrario, perderá su futuro deportivo.
José A. Valle
Foto vía: Varios
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