El fútbol sala femenino ante su gran reto: profesionalizarse sin dejar a nadie atrás
Estabilidad económica, protección física y salud mental. Tres conceptos que deberían formar parte de cualquier proyecto de futuro para el fútbol sala femenino y que, sin embargo, siguen apareciendo como asignaturas pendientes en la máxima categoría nacional.
Hoy hemos asistido a la presentación del Informe sobre la situación laboral, económica y de bienestar de las jugadoras de Primera División Nacional de fútbol sala femenino, elaborado por la Asociación de Jugadoras de Fútbol Sala Femenino (AJFSF) y presentado en la sede del Instituto de las Mujeres.
El estudio parte de un elemento especialmente relevante: 182 jugadoras participaron en una encuesta anónima durante la temporada 2025/26, lo que representa el 95% de las futbolistas de la categoría. No estamos, por tanto, ante una fotografía construida a partir de opiniones aisladas. Estamos ante la percepción de una amplísima mayoría de las protagonistas de la competición.
Y los datos invitan, como mínimo, a reflexionar.

Se ha avanzado, pero todavía queda mucho camino:
Uno de los aspectos positivos que refleja el informe es la evolución experimentada en los últimos años. La firma de contratos federativos ha aumentado de forma considerable respecto a la temporada 2021/22, pasando del 56,5% al 77,9%. Es una mejora evidente y que conviene poner en valor.
Pero precisamente porque hablamos de la máxima categoría nacional, resulta difícil conformarse con que todavía exista un 22,1% de jugadoras que no están dadas de alta en la Seguridad Social, mientras que un 9,9% mantiene acuerdos verbales.
El dato no debería utilizarse para señalar públicamente a clubes concretos ni para establecer culpabilidades generales. La realidad económica de las entidades es muy diferente y no todos los proyectos parten de las mismas condiciones.
Pero sí debería servir para hacerse una pregunta: ¿puede considerarse plenamente profesional una competición en la que todavía existen situaciones de esta naturaleza?. La respuesta parece evidente.
¿Puede una jugadora de Primera División vivir de su deporte?:
Probablemente sea una de las preguntas que más incómodamente sobrevuelan el informe.
El 98% de las jugadoras encuestadas afirma recibir un salario, pero casi una de cada siete señala que no lo percibe puntualmente. Además, el 31,8% cobra menos de 500 euros mensuales, mientras que el 34,7% se sitúa entre los 500 y los 1.000 euros. Solo un 33,5% supera esa última cantidad. Los números hablan por sí solos.
Y adquieren todavía más relevancia cuando se cruzan con otro dato: el 86% de las jugadoras compagina el fútbol sala con estudios, trabajo o ambas actividades. Y entre quienes tienen que compaginar deporte y empleo, el 85% asegura hacerlo por necesidad económica.
Aquí aparece una de las grandes contradicciones de nuestro fútbol sala femenino: Pedimos a las jugadoras que entrenen como deportistas de élite, que compitan como deportistas de élite y que mantengan unos niveles de compromiso propios del alto rendimiento. Pero una parte muy importante de ellas necesita, al mismo tiempo, trabajar o estudiar para poder sostener su vida fuera de las pistas.
No parece razonable exigir las obligaciones de una profesional cuando las condiciones todavía están lejos de permitir vivir como una profesional.
El cuerpo también paga la factura:
Otro de los capítulos que más debería preocuparnos es el relacionado con la carga física.
El 98,4% de las jugadoras entrena al menos cuatro días por semana, una cifra que demuestra la exigencia que supone competir en la Primera División. El problema no está en exigir. El deporte de alto nivel exige. El problema aparece cuando la exigencia no va acompañada de los recursos necesarios para proteger a quien la soporta.
Prevención de lesiones, recuperación, fisioterapia, preparación física, descanso, seguimiento médico… Todos estos elementos deberían formar parte de la estructura habitual de cualquier equipo que aspire a competir al máximo nivel. Porque una lesión no es solamente un problema deportivo. Puede convertirse en un problema laboral, económico y, también, psicológico.
Y ahí enlazamos directamente con otro de los datos más preocupantes del informe.
La salud mental ya no puede ser el último capítulo:
Casi el 70% de las jugadoras reconoce haber tenido dudas sobre continuar su carrera deportiva. Y un 76,7% sitúa en niveles altos o muy altos el impacto de su actividad deportiva sobre su salud mental. Son cifras que deberían hacernos detenernos.
No significa que las jugadoras rechacen competir. Tampoco que el fútbol sala femenino esté ante una crisis irreversible. El propio informe apunta a algo mucho más razonable: existe una percepción de desequilibrio entre las exigencias y los apoyos disponibles. Y esa probablemente sea una de las claves.
Durante demasiado tiempo hemos entendido que hablar de salud mental en el deporte era hablar de debilidad. Hoy sabemos que es exactamente lo contrario. Cuidar psicológicamente a una deportista no reduce la exigencia competitiva. La hace sostenible.
Por eso sería necesario avanzar en recursos de apoyo psicológico, protocolos de prevención y herramientas que permitan detectar situaciones de desgaste antes de que terminen provocando el abandono.

El debate del convenio colectivo:
El informe pone también sobre la mesa una cuestión que lleva tiempo formando parte del debate: la necesidad de establecer un convenio colectivo o, como mínimo, un marco de condiciones laborales básicas.
Aquí conviene huir de posiciones enfrentadas. Un convenio no debería plantearse como una batalla entre jugadoras y clubes. Tampoco como una imposición que ignore la realidad económica de las entidades. Debería entenderse como una herramienta para ordenar y hacer sostenible el crecimiento de la competición.
Un marco mínimo podría establecer unas garantías comunes en aspectos como contratación, salarios, Seguridad Social, protección ante lesiones, derechos de imagen, conciliación o asistencia sanitaria. Y también podría aportar algo fundamental: seguridad y transparencia.
Porque establecer unas condiciones mínimas no significa que todos los clubes tengan que pagar exactamente lo mismo ni que desaparezca la negociación individual. Significa que determinados derechos no deberían depender del lugar en el que una jugadora tenga la oportunidad de competir.
El representante también tiene un papel:
Otro dato interesante es que el 62% de las jugadoras no cuenta con representante. El informe relaciona esta circunstancia con una mayor dificultad para negociar condiciones favorables y con la ausencia de referencias salariales comunes.
Es un asunto que merece reflexión, aunque también aquí sería conveniente evitar conclusiones demasiado simples. No tener representante no significa necesariamente estar peor asesorada, al igual que contar con uno tampoco garantiza un mejor contrato.
Pero sí parece necesario que las futbolistas tengan acceso a información, asesoramiento jurídico y conocimiento suficiente de sus derechos para afrontar negociaciones contractuales en igualdad de condiciones. La profesionalización también pasa por ahí.
No se trata de buscar culpables:
Quizás esta sea la conclusión más importante que debería extraerse de la jornada.
Los datos son duros. Algunos, incluso preocupantes. Pero sería un error convertir este informe en un instrumento para buscar culpables.
Los clubes necesitan recursos. Las jugadoras necesitan garantías. La Federación necesita seguir impulsando el crecimiento de la competición. Los patrocinadores necesitan visibilidad y retorno. Los medios necesitamos generar más contenidos y audiencia. Y las instituciones deben acompañar el proceso.
Todos formamos parte de la misma ecuación.
Y precisamente por eso, la solución también debe ser colectiva.
La profesionalización del fútbol sala femenino no puede consistir únicamente en mejorar las retransmisiones, aumentar la visibilidad o conseguir nuevos patrocinadores. Todo eso es necesario, pero la profesionalización empieza también por garantizar que quienes protagonizan el espectáculo puedan desarrollar su actividad en unas condiciones dignas y sostenibles.
El momento de dar el siguiente paso:
El fútbol sala femenino español ha demostrado durante años que tiene talento, clubes, entrenadoras, jugadoras y una selección nacional capaz de competir y ganar al máximo nivel internacional. Ahora toca conseguir que la estructura que sostiene ese talento esté a la misma altura.
El informe de la AJFSF no debería interpretarse como un punto final ni como una denuncia contra nadie. Debería ser un punto de partida. Un punto de partida para sentar en la misma mesa a jugadoras, clubes, Federación, instituciones, patrocinadores y demás agentes implicados y responder a una pregunta muy sencilla:
¿Qué fútbol sala femenino queremos dentro de cinco o diez años?.
Si la respuesta es una competición verdaderamente profesional, habrá que asumir que la profesionalización tiene un coste. Y que ese coste no puede recaer exclusivamente sobre las jugadoras. Porque no se puede construir una competición sostenible sobre la precariedad de quienes la hacen posible.
El fútbol sala femenino ha crecido. Ahora necesita dar el siguiente paso. Y ese paso debe ser colectivo.
José A. Valle
Foto vía: Instituto de las Mujeres
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