Premiar a las mejores también es cuidar el fútbol sala femenino.
¿Quién debe elegir a las mejores jugadoras de la Primera División?. La pregunta puede parecer secundaria dentro de una temporada cargada de partidos, resultados, títulos y grandes actuaciones. Sin embargo, la forma en la que se conceden estos reconocimientos tiene mucha más importancia de la que pudiera parecer.
Los premios individuales deberían servir para poner en valor a las protagonistas de la competición, reconocer su rendimiento y contribuir a dar visibilidad al fútbol sala femenino. Por eso, precisamente, el sistema de elección debe buscar algo fundamental: credibilidad, representatividad y legitimidad.
En las últimas semanas han surgido voces críticas por el sistema utilizado para elegir a las mejores de la temporada 2025/26. El principal motivo de malestar es que, según estas opiniones, ni entrenadores/as, ni capitanas, ni medios especializados habrían participado en el proceso, a diferencia de lo que había ocurrido históricamente.
No parece que estemos ante un problema de querer o no querer contar con los aficionados/as. Todo lo contrario. El aficionado/a debe tener un papel importante. Pero quizá la cuestión sea encontrar el equilibrio adecuado.
El aficionado también debe participar:
La votación popular tiene indudables ventajas.
Permite que el público se implique, genera conversación, aumenta la visibilidad de las jugadoras y hace que los premios trasciendan al ámbito estrictamente deportivo. Además, en un deporte que necesita seguir creciendo en seguidores y repercusión, conseguir que los aficionados se sientan partícipes es positivo.
El problema aparece cuando una votación abierta se convierte en el único criterio para determinar quiénes han sido las mejores durante toda una temporada.
Una cosa es preguntar quién es la jugadora favorita del público y otra, bastante diferente, quién ha ofrecido el mejor rendimiento deportivo durante nueve meses de competición.
Y ahí aparece una cuestión importante: no todos los votantes han seguido con la misma profundidad la Primera División. Algunos aficionados habrán visto muchos partidos; otros quizá hayan seguido principalmente a su equipo o a determinadas jugadoras.
No es una crítica al aficionado. Es simplemente reconocer que cada tipo de votante aporta una mirada diferente.
Entrenadores y capitanas tienen otra perspectiva:

Aquí cobra especial relevancia la reflexión atribuida a Marcel en el fútbol sala masculino, cuando señala que históricamente los premios se decidían mediante la votación de entrenadores y capitanes de Primera División.
La lógica es fácilmente trasladable al fútbol sala femenino.
Una entrenadora conoce perfectamente el trabajo de sus rivales. Las capitanas comparten pista con muchas de las jugadoras que compiten por estos reconocimientos. Conocen la dificultad de determinados partidos, el impacto de una jugadora que quizá no aparezca siempre en las estadísticas, el trabajo defensivo, la capacidad para competir bajo presión o la influencia que una futbolista puede tener sobre el juego de su equipo.
Hay aspectos que no siempre aparecen reflejados en un gol, una asistencia o una estadística.
Por eso resulta razonable que quienes han vivido la competición desde dentro tengan un peso importante en la elección.
Y quizá ahí esté la clave: no se trata de sustituir al aficionado, sino de complementar su visión con la de quienes conocen profundamente el campeonato: jugadoras, entrenadores/as y medios.
Una propuesta de consenso: varios cuerpos electorales:
¿Por qué no establecer un sistema mixto?
Podría ser una solución sencilla y, sobre todo, transparente.
Por ejemplo:
- 40 % entrenadoras y entrenadores de Primera División.
- 30 % capitanas de los equipos.
- 20 % medios de comunicación y periodistas especializados que hayan seguido regularmente la competición.
- 10 % aficionados.
No tiene por qué ser exactamente esta distribución. Podrían estudiarse otros porcentajes.
Lo verdaderamente importante sería establecer un sistema estable, público y conocido antes de comenzar la competición.
Además, podrían existir mecanismos para evitar conflictos de intereses: nadie votaría a jugadoras de su propio equipo o, al menos, esas votaciones podrían quedar excluidas en determinadas categorías.
Otra posibilidad sería crear un pequeño comité electoral integrado por representantes de clubes, jugadoras, entrenadores, medios y aficionados que estableciera previamente los criterios y supervisara el proceso.
Incluso podrían existir dos premios diferentes:
Hay otra alternativa interesante.
¿Por qué obligar a que un único premio tenga que representar todas las sensibilidades?
Podría existir un Premio a la Mejor Jugadora de la Temporada, elegido por profesionales y especialistas, y paralelamente un Premio de la Afición, elegido mediante votación popular.
De esta manera nadie pierde.
El aficionado tiene su espacio y su reconocimiento. Y, al mismo tiempo, se mantiene un premio deportivo con un componente técnico y profesional más elevado.
Sería, además, una magnífica oportunidad para generar más contenido alrededor de la competición.

La transparencia es tan importante como el resultado:
Hay otro aspecto que quizá merezca incluso más atención: explicar cómo se vota.
Si una jugadora recibe un premio, debería poder conocerse quiénes podían votar, qué porcentaje tenía cada colectivo, cuáles eran los criterios y cómo se resolvían los posibles empates.
No se trata necesariamente de publicar el voto individual de cada persona. Se trata de que el procedimiento sea comprensible.
Porque un premio deportivo no solamente necesita un ganador. Necesita que quienes forman parte de la competición crean en el proceso que conduce hasta ese ganador.
Y ahí es donde quizá exista una oportunidad de mejora.
Cuidar los pequeños detalles:
El fútbol sala femenino lleva años reclamando mayor visibilidad, profesionalización y reconocimiento. En ese camino, cada detalle cuenta.
Contar con entrenadores, capitanas, clubes, medios y aficionados no debería entenderse como una complicación administrativa, sino como una manera de hacer que todos los actores se sientan parte del crecimiento del deporte.
Si un entrenador considera que una de sus jugadoras merece estar entre las mejores, debe tener la posibilidad de expresarlo. Si una capitana quiere reconocer a una rival, también. Si un medio especializado ha seguido durante toda la temporada a la competición, su conocimiento debería tener un espacio. Y si miles de aficionados quieren votar, su opinión también debe ser escuchada.
El reto consiste en conseguir que todas esas miradas convivan.
No se trata de cambiar por cambiar:
Conviene insistir en algo: esto no debería plantearse como una confrontación entre aficionados y profesionales, ni mucho menos como una crítica destructiva hacia quienes organizan los premios.
El objetivo debería ser otro: mejorar el sistema.
Si el modelo actual funciona, puede perfeccionarse. Si existen dudas sobre su legitimidad, pueden escucharse las opiniones de quienes forman parte de la competición. Y si el modelo histórico tenía elementos positivos, quizá algunos puedan recuperarse.
El fútbol sala femenino necesita más unión, no más divisiones.
Por eso sería interesante que, una vez terminada la temporada, la RFEF pudiera sentarse con clubes, entrenadoras, jugadoras, capitanas, medios y aficionados para analizar el sistema y diseñar conjuntamente el modelo de los próximos años.
Porque elegir a las mejores jugadoras no debería ser únicamente una votación.Debería ser también una oportunidad para reconocer, unir y dar valor a todo lo que representa la Primera División de Fútbol Sala Femenino.
Y si conseguimos que quienes compiten, quienes trabajan, quienes informan y quienes disfrutan de este deporte sientan que forman parte del proceso, habremos dado un paso importante.
Al final, la legitimidad de un premio no depende solamente de quién gana, sino también de que todos entiendan y confíen en cómo se ha elegido a la ganadora.
José Antonio Valle
Foto: RFEF
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